Ayala en palabras de Mario Pagán Por María C. Moreno Villarreal el

El primer encuentro entre Alfredo Ayala y Mario Pagán se da en 1994. Mario, quien estaba comenzando en el mundo de las cocinas, escuchaba constantemente palabras de admiración por el trabajo del que años después se convirtió en su mentor.

“Estaba en Miami y le dije a Carlos Álvarez, un buen amigo, que cuando viniera a Puerto Rico quería conocer a este individuo que tenía que ser una jodienda porque donde quiera que me metía escuchaba hablar de él. Era la primera vez que yo oía que se mencionaba a alguien de Puerto Rico en la escena culinaria. Esa Navidad cuando vine me llevó a Chayote y ahí lo conocí. Con su tumbaíto me llevó hasta la cocina y me comenzó a explicar un montón de cosas de las que yo no tenía ni idea. Estaba empezando”.

Con incredulidad recibió la llamada que a los meses le hiciera Ayala para que colaborara con él en un evento benéfico en Miami. “Cuando me llamó estaba un poquito nervioso porque yo decía: ‘Diablo, a lo mejor él se cree que yo sé un montón’”.

Pero un “bueno, pues, claroooo, no hay problema”, fue lo que salió de su boca al escuchar la propuesta. Allí tuvo por primera vez la oportunidad de ver la genialidad de Ayala en acción cuando preparó una almojábana de arroz con una ensalada de bacalao y aguacate que resultó una explosiva experiencia para los presentes.

“Tú puedes conocer a un genio, puedes hablar con un genio, pero cuando ves trabajar un genio eso es otra cosa. Tú ves el talento de la persona y cómo de la nada sale con una genialidad. Piensas, ‘esto lo ensayó’, pero no. Él llegaba y decía ‘dame esto, dame esto, ajá, pues dame esto otro, ajá, dame un poquito de aquello…’. Y de repente tú decías ‘wow, y ¿cómo este tipo pensó en esto?’ Ese proceso de creatividad es de las cosas más importantes que aprendí de él y se lo agradeceré siempre”.

La relación se afianza cuando responde a otra de sus llamadas. Esta vez era para que lo ayudara con su restaurante Chayote ya que recién había abierto las puertas de Su Casa en Dorado y tenía las manos llenas. El recuerdo de aquella magistral ejecución en Miami lo lleva a decidir que quería ser cómplice de la magia que presenció aquella noche.

“Pensé, ‘bueno, yo no sé qué voy a hacer, no sé qué va a pasar, pero yo quiero hacer esto por el resto de mi vida. Yo quiero hacer esa fritura, yo quiero cocinar así, quiero aprender y desarrollar esa habilidad para encontrar el balance entre sabor y textura’. Y vine para acá. Lo demás es historia. Me quedé. A los cuatro años compré Chayote y ahí empezó toda mi carrera como dueño de restaurante”.