Conoce las grasas que no son pecado Por Aurora Rivera Arguinzoni el

Está claro que una alimentación sin grasas no es saludable, por lo que hay permiso para “pecar”, aunque ello no justifica el exceso de lechón, morcillas y otras delicias del típico menú local.

La ciencia ha demostrado que es necesario consumir grasas desde que nacemos para que se puedan completar procesos tan complejos como el desarrollo del sistema nervioso. La clave para mantenerse saludable es poder distinguir qué grasas son saludables y en qué cantidades es seguro consumirlas.

La Organización de Alimentos y Agricultura de Naciones Unidas (FAO, por sus siglas en inglés) señala que “el crecimiento de los niños antes de los dos años de vida, su actividad física y la formación de ciertos órganos cuya estructura es principalmente lipídica, depende fundamentalmente del aporte de grasas”. Establece que, después de la leche materna, “las grasas vegetales son la mejor fuente de grasa para estos grupos por su aporte de ácidos grasos esenciales y su buena digestibilidad”.

Entre las fuentes de grasas que recomienda la FOA figuran, principalmente, los aceites de girasol, soya, maíz, oliva u otro aceite vegetal de buena calidad, aclarando que los de palma y coco, si bien pueden tener sus beneficios, “no son una buena fuente de ácidos grasos esenciales”.

De los mencionados aceites, el de oliva ha gozado de particular favor, sobre todo porque múltiples estudios han mostrado los efectos positivos de su uso o consumo en la salud. Según afirma en su página web el equipo de Michigan Medicine, el complejo médico de la Universidad de Michigan, “la investigación ha probado que utilizar aceite de oliva aumenta significativamente los niveles de HDL (‘high density lipoprotein’ o el llamado colesterol bueno) y es la principal fuente de ácidos grasos monoinsaturados”. Explica que su efecto beneficioso ocurre porque las grasas “monoinsaturadas reducen el LDL (‘low density lipoprotein’ o colesterol malo) mientras aumentan en HDL”.

De otra parte, la Biblioteca de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos da cuenta de que “el aceite de oliva es utilizado para prevenir enfermedades cardiovasculares, cáncer de seno, cáncer colorrectal, artritis reumatoide y dolores de migraña”, entre otras condiciones. Incluso puede bajar los niveles de azúcar en sangre.

Basándose en evidencia, MedlinePlus establece que consumir 30 mililitros (ml) puede ayudar a reducir el estreñimiento, mientras que de 30 a 40 gramos (g) de aceite de oliva extra virgen como parte de la alimentación diaria o 400 miligramos (mg) de extracto de hoja de oliva cuatro veces al día, sirven para combatir la presión sanguínea elevada. Para la prevención de enfermedades y ataques del corazón, se estima en cuatro cucharadas o 54 gramos (g) al día la cantidad óptima, aunque para quienes ingieren una alimentación similar a la dieta mediterránea, equivale a hasta un litro de aceite de oliva extra virgen a la semana. Y para bajar el colesterol alto, la dosis sería de 23 g.

Como toda sustancia, el aceite de oliva también puede tener contraindicaciones o interacciones con medicamentos, sobre todo si se está en tratamiento farmacológico, por lo que es recomendable consultar con personal médico y especialistas en nutrición cualquier cambio significativo a la dieta regular.