36 horas en Anchorage Por The New York Times el

Anchorage está enmarcada por montañas y agua salada en un escenario que resulta inmejorable. “Y nadie lo ha intentado”, diría un cínico sobre la ciudad más grande del estado. Es cierto; este municipio de 300,000 habitantes (sus fronteras en expansión hacen que tenga el equivalente a casi cuatro quintas partes del tamaño de Delaware) no ganaría ningún concurso de planeación urbana. Sin embargo, uno no viene hasta acá para hacer recorridos arquitectónicos, ni en busca de aventuras de gastronomía molecular. Uno viene a Anchorage para estar en Alaska, y conocer a los cálidos alasqueños: ambos son sui géneris, muy grandes e inolvidables. Aquí se encuentra la terminal de trenes, el puerto y la que podría ser la base de hidroaviones más grande del mundo; Anchorage es un lugar fantástico para usarlo como base un fin de semana e irse de aventuras lejos o cerca.

Viernes, 2:00 p.m. – Instrúyete
El Museo de Anchorage ($15, adultos), con su edificio hipermoderno, cubierto de cristales blancos, es una caja de sorpresas. Las herramientas y la vestimenta de las poblaciones nativas de Alaska -que abarcan de todo, desde flotadores de pesca hasta calcetines de pasto tejido- están elaboradas con gran maestría, pero no cuentan con información muy detallada para los visitantes. La exposición de fotografía I Am Inuit de Brian Adams, que documenta a los inuit del lejano norte y sus historias, es más conmovedora (abierta al público hasta el 3 de septiembre). Una expansión planeada añadirá 2,322 metros cuadrados de espacio para muestras a los ya existentes 15,793, y es probable que reafirme al museo como un lugar para pasar el rato. (Consejo: además de la tienda de regalos, hay artesanías increíbles en la tienda del Alaska Native Medical Center, donde los nativos de Alaska venden sus trabajos. Antes de ir, llama para saber los horarios de apertura, 907-729-1122.)

7:30 p.m. – South, más al norte
El menú de South es de lo más internacional, ya que sirven lo mismo tapas ($4 a $18) que la “hamburguesa de mantequilla” ($14), que es justo como suena. Por lo general, uno va a lo seguro con la comida típica de Alaska, como el salmón sellado ($29) con papas rostizadas de la región. South se enorgullece de sus gin y tónicas “al estilo barcelonés” ($13.50), mejorados con hierbas y frutos del bosque. El “Costa de Amalfi” le da un giro al clásico gin y tónica con cilantro, limón, pimienta de Java, hebras de pimiento rojo coreano y licor amargo de naranja. Es buena idea hacer una reservación.

10:30 p.m. – Una bebida con vista
No es nuevo ni está escondido, pero hasta aquellos que han vivido mucho tiempo en Alaska dicen que llevan a los amigos que van de visita por una copa a Crow’s Nest, en el piso 20 del Hotel Captain Cook. El servicio es excelente, al igual que la vista de la ensenada y las montañas. El bar, ubicado en el centro del restaurante, se encuentra elevado varios pies, de tal modo que se puede echar un vistazo a todos los comensales mientras uno da sorbos a su Sazerac y bebe admirando el paisaje del sol permanente del norte. Se recomienda hacer reservación para cenar.

Sábado, 8:00 a.m. – Recarga energía
Dirígete hacia el barrio de Spenard y pide un capuchino en Kaladi Brothers Coffee, la excelsa tostadora local de café. Después camina unos cuantos metros hasta el Middle Way Café. El conocido lugar en una plaza comercial suele utilizar ingredientes locales y ofrece platillos veganos y libres de gluten (un sándwich Reuben vegano, por ejemplo, cuesta $12). Hay que decir que aquí hay algo para todos, hasta pan tostado con aguacate y carnes como salchicha de reno alasqueño ($12).

10:00 a.m. – Dirígete hacia las montañas
Anchorage está enmarcada al este por las montañas Chugach, que ofrecen varias opciones de senderismo, desde la escarpada y majestuosa cresta Bird hasta el divertido tumulto del pico O’Malley. Si no quieres invertir mucho para disfrutar una vista cautivadora y no te importa la gente, ve al sendero de la montaña Flattop, que es una de las caminatas más populares en el estado. En la cima hay que aguantar un tumulto de 200 pies, pero no hay que ir ahí para disfrutar la vista de Denali y las montañas, con las aguas del brazo de Turnagain y la ciudad a tus pies (sin mencionar los banquetes de arándanos azules enanos a fines de verano). ¿Quieres un guía para que te explique lo que ves o para que calme tu “osofobia”? Prueba Ascending Path.

1:00 p.m. – Dicha horneada
“A los que vienen por primera vez les damos una galleta”, indicó la joven detrás del mostrador en Fire Island Rustic Bakeshop, poniendo ante mí una galleta de chocolate enorme. Les gustará este lugar incluso antes de ordenar el sándwich de porchetta, con su chicharrón y cáscara de naranja ($11), o el budín de pan salpicado de pasas doradas ($4.50). Este año, la Fundación James Beard nombró al panadero principal, Carlyle Watt, semifinalista en la clasificación de panadero sobresaliente. Su habilidad es evidente en una gran variedad de productos, como los croissants orgánicos, que tienen un toque de trigo entero ($3.50), y los panes de masa fermentada. “Lo que realmente hace que la gente siga viniendo aquí, he de decir, son los panecillos y las galletas de chispas de chocolate”, afirmó Watt.

2:00 p.m. – Da vueltas a la orilla del mar
Al aire libre es donde Anchorage brilla. Incluso si solo tienes una o dos horas, la mejor escapada, y también la más rápida, es tomar el Tony Knowles Costa Trail, una vereda pública adorada por los lugareños que serpentea a lo largo de las aguas del brazo de Knik y la ensenada de Cook, extendiéndose 11 millas. Alquila una bicicleta en Pablo’s Bicycle Rentals en el centro ($10 a $15 la hora), llega a la vereda pavimentada que está una calle adelante y comienza a pedalear hacia el parque boscoso Kincaid (en el que hay cerca de 15 millas de veredas de un solo carril para andar en bicicleta). La vereda, plana en su mayor parte, no tarda en llegar a claros de helechos y abedules donde hasta puedes ver un alce. En un recorrido reciente vi a una osa negra y a sus oseznos. Las marismas por encima de tu hombro te acompañarán todo el camino, al igual que el olor a aliso, que es el aroma de Alaska.

4:30 p.m. – Pide helado a gritos
En Anchorage rara vez hace calor; la temperatura promedio más elevada en agosto es de 64 grados Fahrenheit, pero basta para comer helado. Date una vuelta por Wild Scoops, donde Elissa Brown sirve el helado que elabora de manera artesanal. No temas: la fila se mueve rápido, mientras Brown sirve bolas de sabores que por lo general se elaboran con ingredientes locales, como arándanos azules de Talkeetna, y jarabe de abedul de Alaska para las picantes nueces de abedul y chipotle. Una bola de la punta de pícea (un árbol) de Alaska ($4) te transportará a una caminata por un bosque húmedo en el verano.

6:00 p.m. – Una sirenita
The Bubbly Mermaid te hará sentir como si estuvieras en Brooklyn o Seattle. Es la mezcla perfecta entre moderno y cursi. La barra es el corazón del lugar, hecha con un fragmento de lo que alguna vez fue un barco pesquero. Pídele a la sirena de ojos azules, de pie en la proa, que te sirva un vino espumoso de entre la decena de botellas abiertas (la mayoría ronda los $12 a $30 por copa). En el muro hay casi tres docenas de opciones de ostras que se sirven frías o calientes, como el “St. Jacques” (con vieira, hongos shiitake y salsa Mornay), que se sirve caliente, o el “Hipster shooter” (con kale, salsa sriracha y cerveza Pabst Blue Ribbon), que se sirve frío. Además, el lugar sirve ostras solas, desde las dulces ostras kusshis (preciosas, en japonés) de Columbia Británica a las de Ketchikan en las Islas Hump que saben como un trago de agua salada fresca. Las salsas mignonettes hechas en casa que acompañan a las ostras solas son deliciosas, pero no las uses. A pesar de todos los divertidos experimentos en la pared, una buena ostra debe comerse sin nada.

8:30 p.m. – La sorpresa del centro comercial
Tal vez pienses que Google Maps se equivocó cuando busques los mejores mariscos a las afueras del pueblo en un centro comercial cerca del aeropuerto. Sin embargo, Anchorage es una ciudad de centros comerciales pequeños que a veces guardan sorpresas. Pasando el estacionamiento, hay un espacio extrañamente callado, iluminado por velas, que sirve unos mariscos maravillosos: Kincaid Grill. Claro que la excelencia tiene su precio: en una visita reciente, el especial de halibut fresco costaba $44. La media docena de vieiras de la isla Kodiak sobre una cama de risotto (de $30) no me decepcionó, ni tampoco la lista de vinos, con más de 20 vinos por copeo. Solo cena; se recomienda hacer reservación.

Domingo, 9:00 a.m. – Pa’ fuera
Aquí hay un dicho: “Alaska está a 30 minutos saliendo de Anchorage”. Toma un café y conduce 40 millas al sudeste a lo largo del Alaska Scenic Byway que bordea el brazo de Turnagain, hasta el pueblo turístico de Girdwood, hogar del Alyeska Resort. Ubicado en un chalé estilo suizo en las faldas de la colina con pistas de esquí, con luz de sol y música de reggae que se filtran por sus techos de madera clara, el restaurante Jack Sprat (lema: “cocina internacional magra y con grasa”) sirve un inspirado almuerzo con un menú que abarca el mundo entero.

11:00 a.m. – No hacen falta binoculares
El viaje en auto por el brazo de Turnagain merece que se le nombre uno de los más espectaculares que se pueden hacer en Estados Unidos. Es una carretera de casi 11 millas hasta el final del brazo para llegar a otra visita obligada de Alaska: los animales. El Centro de Conservación de la Vida Salvaje de Alaska ($15) es un santuario en un terreno de más de 80 hectáreas que acepta a animales lesionados que no pueden volver a la naturaleza, como Venetie, un lince huérfano que fue encontrado cuando era pequeñito tras un incendio forestal. Este centro sin fines de lucro tiene recintos enormes para los animales, desde bueyes almizcleros hasta osos pardos. Los letreros están plagados de datos inteligentes y asombrosos, como por ejeplo: la lana del buey almizclero es, supuestamente, la fibra más caliente del planeta.

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