Gigi de Mier: lecciones de vino Por Rosa María González Lamas el

A pesar de que compartimos oficio de comunicadoras y carreras en el ramo de las relaciones públicas, a Gigi de Mier la conocí, desde la proximidad en el mundo del vino. Sabía de ella por referencia, pero no fue sino hasta cuando amigos en común nos presentaron, si mal no recuerdo en 2003, que empecé a relacionarme con la Sota de la baraja del vino, es decir, con uno de los tres pilares de Sota Caballo y Rey, una empresa que representaba vinos españoles y en la que era socia con otros dos apreciados amigos en común, Julio Sainz de la Maza y Josué Merced.

Fue así que Gigi y yo comenzamos a compartir copas y a desarrollar una amistad que duró más de una década y en la que casi no hablamos de comunicación, pero sí mucho de tempranillos, de Rioja, de Ribera del Duero, de eventos, de embelecos, siempre haciendo un recorrido imaginario por España guiados por la brújula de una copa en mano.

Eran los tiempos de la Peña Gastronómica de Sota Caballo y Rey, un grupo dinámico y pionero al que no tardé en incorporarme, y que mensualmente se reunía en distintos restaurantes para probar armonías con los vinos que representaba su empresa, y, sobre todo, para compartir y hacer nuevos amigos, una familia que se fue extendiendo a través de aquellos encuentros en restaurantes peruanos, italianos, boricuas, y, por supuesto, españoles, donde nos llegamos a dar cita. Tan activo era el grupo, que incluso llegamos a planificar en conjunto un recorrido enoturístico por las bodegas españolas que ellos representaban.

Junto con la Peña llegaron las Venus del Vino, un grupo sólo para chicas, en este caso empresarias y ejecutivas, quienes, bajo la visión y dirección de Gigi, también se reunían regularmente luego de concluidas las tareas del día para profundizar en los vinos que representaba. Recuerdo en concreto un encuentro de las “venuses” con el “dios Baco”, es decir, con el elaborador de aquellas botellas, Javier Rodríguez del Grupo Rodríguez Sanzo, quien terminó también por convertirse casi en parte de nuestra familia de vinos portorricensis. Fue el primer, y a mi mejor entender, hasta ahora único grupo de catadoras, algo que se dio en 2004, y que hará unos dos años tuve que desempolvar en un foro de Facebook que quería reclamar el protagonismo pionero de otra iniciativa más reciente, por desconocer que en la era pre-Facebook, una década atrás ya Gigi nos había elevado a todas al cénit de la belleza y delicadeza enófilas, diosas criollas pintadas con tintos españoles.

Complementando estas dos iniciativas dirigidas al consumidor final, Gigi y sus socios tuvieron siempre atención especial para quienes escribíamos sobre vino. Regularmente nos reunían para presentarnos nuevas etiquetas, añadas, y otras novedades de sus botellas representadas, cosa que usualmente tenía por tarima la cava de Plaza Cellars, que ellos se encargaban de sazonar, no con manjares refinados de algún local gourmet, sino son los sabores familiares que ellos mismos se preocupaban de confeccionar en las cocinas de sus casas, con afecto, para nosotros.

Recuerdo encuentros magníficos en una época donde la comunicación sobre vino era periodismo especializado y bastante distinta a la que se realiza ahora, y que permitían un intercambio de opiniones diversas y muy extrañado hoy día. Un ejercicio que continuó realizando a través de los años, con mayor intimidad, en La Boutique du Vin o en La Bodega de Méndez, pero siempre con un deseo de engancharnos a esos vinos que respondían tan bien a lo que, a mi mejor entender, buscaba el mercado local y que ellos habían sabido identificar y potenciar. Una “proactividad” que se extraña en otros que quizás tienen muchísimos más recursos de promoción de los que ella y los socios de este proyecto tenían.

Pero nuestra cita obligada por más de una década fue el Fine Wine Celebration de Plaza Cellars, donde ambas representábamos vinos distintos y a pesar de ello, nunca Gigi falló de pasar por el stand que yo atendía a conversar conmigo y probar los vinos que me tocaba promover. Aunque las circunstancias en esa ocasión fueron muy distintas a las de años anteriores, fue en la última edición de este evento el pasado noviembre que vi por última vez a Gigi, o “Gigí”, con el acento final como en la película homónima de Leslie Caron, que así siempre la llamé cariñosamente cuando nos cruzábamos en alguno de estos saraos.

Cuando no teníamos contacto personal nos seguíamos con fidelidad a través de Facebook, ya que Gigi era una consecuente seguidora de Viajes & Vinos, cuyas publicaciones compartía de manera recurrente con su propio grupo de amigos y seguidores. Algo por lo que le estaré siempre muy agradecida.

Fue precisamente a través de Facebook que advine en conocimiento de su inesperado fallecimiento, una noticia que me dejó anonadada y muy apenada, porque a través de todos estos años había conocido a una excelente persona, pero en su entorno menos habitual, el del vino, en el cual se consigue otro tipo de proximidad, casi de familiar. De la gente con una esencia que a menudo se extraña.

Tengo que pensar que los Reyes Magos, que aquí van a caballo, necesitaran a su sota para algo muy especial en Víspera de la Epifanía, como para dejar a la Sota, Caballo y Rey, a penas en Caballo y Rey. A lo mejor era quien mejor podía prepararles el encargo de un elixir de dioses, para el Niño Dios.