Arzuaga Navarro Por Rosa María González Lamas el

Una de las marcas que más recuerdo haber disfrutado cuando me iniciaba en el mundo del vino en la década de los noventa fue la de Arzuaga Navarro. Aunque de vinos sabía entonces más bien poco, tenía una gran curiosidad de probar para aprender y tengo muy grabado en mi memoria cuando compré dos botellas en lo que era Supermercados Grande, y que luego de probarlas me gustó mucho el vino, con lo que me congratulé de haber acertado en mi selección. Fue así que aquellos Arzuaga Navarro Crianza pasaron a formar parte de esas etiquetas con las que uno siempre acierta.

Entonces la Ribera del Duero se hallaba en plena efervescencia en nuestro mercado, una denominación de origen que se ha mantenido desde entonces como una de las grandes favoritas de los consumidores, y entre las etiquetas de ella que han ido yendo y viniendo, las de Arzuaga Navarro han sido una de las más consolidadas.

La bodega se halla en plena Milla de Oro de la Ribera del Duero, una zona donde don Florentino Arzuaga compró la Finca La Planta, un territorio lleno de pinares, un santuario de flora y fauna, con jabalíes y ciervos, en un espacio tan amplio que también le dejó lugar para las vides y el vino.

Los Arzuaga se aplicaron primero a las uvas, que empezaron a vender a otras bodegas hasta que en 1993 decidieron elaborar vino construyendo una bodega propia, donde parte de la familia se estrenó en el negocio enológico, elaborando un tinto de esqueleto elegante, rotundo y complejo a la vez.

Con negocios turísticos en las Islas Baleares, y textiles en Lerma, la Bodega Arzuaga Navarro es el tercer eje de un triángulo empresarial familiar que se esparce por 150 hectáreas donde tienen plantadas cepas de tempranillo, y también de merlot, chardonnay y cabernet sauvignon.

La bodega ha tenido un importante crecimiento en dos décadas, pero persiste en su filosofía de elaborar vinos artesanales, con elegancia y hechos para disfrutar en la mesa.

Hace algunos meses estuve por allí, ocasión en que su director y buen amigo y de Puerto Rico, Ignacio Arzuaga fue un anfitrión de excepción que nos habló de los planes de la bodega para mejorar sus facilidades de elaboración, nos invitó a una cata de vino aún en barrica, y nos llevó por un delicioso recorrido a través de otras etiquetas en botella y suculentos manjares castellanos que nos permitieron constatar precisamente esa consistencia en su producción, pero también su potencial innovador con etiquetas como el Amaya Arzuaga o el nuevo Rosae, de vocación muy gastronómica y que nos encantó a todos los catadores.

La bodega elabora una amplia colección de etiquetas, desde las que apenas tienen un toque de madera, como La Planta, hasta los que ostentan grandes crianzas y conservan las tradicionales contraetiquetas de categorías de envejecimiento, Crianzas, Reservas y Grandes Reservas.

La Planta, Arzuaga Crianza, Arzuaga Reserva, Gran Reserva, Arzuaga Reserva Especial y Gran Arzuaga resumen básicamente el espectro de Arzuagas. El primero es un tempranillo 100%, y los otros son mezclas de tempranillo con otras uvas como la merlot, la cabernet sauvignon o la albillo. La bodega tiene otros vinos pero que no están amparados en la DO Ribera del Duero.

La familia tiene también otro proyecto de vino en la zona de La Mancha, Pago Florentino, una zona donde también cultivan olivares de los que surgen dos magníficos aceites de oliva, que están disponibles en Puerto Rico.

Los vinos de Arzuaga Navarro, especialmente su La Planta y su Crianza siguen siendo valores seguros de Ribera del Duero y buenas etiquetas para iniciarse en el mundo del vino, como lo fueron para mí hace algún tiempo. Se consiguen en los principales supermercados de Puerto Rico y el aceite de oliva en La Boutique du Vin.

***La autora probó su primera gota de vino con pocos días de nacida. Probablemente, así Rosa María González se interesó en él. Desde San Juan, escribe del planeta sabor en www.viajesyvinos.com, www.foodsfromspain.com y Magacín.