Me sabe a tabaco Por Paul E. González Mangual el

Cuando encendemos una hoja de tabaco, estamos encendiendo fragmentos de una historia pasada. Por siglos, nuestros antepasados utilizaban están hojas de la tierra para sanar el dolor del alma, complementar los néctares de la época y colmar el proceso de curación de un corazón que palpitaba por la Madre Tierra.

Puerto Rico: la meca del tabaco

El cultivo del tabaco comenzó cientos de años antes que los españoles llegaran a nuestras costas. Los indios Taínos habían estado cultivando el ‘Sik’ar’ en las Antillas con propósitos medicinales y religiosos. El término ‘Sik’ar’ -traducido como cigarro en Europa- se refería al cultivo, cuidado, selección, curación y enrolamiento en tubos del tabaco. Estos tubos eran encendidos con llamas por un lado y, por el otro, se podían inhalar sus humos llenos de aromas y sabor. Los europeos ya habían disfrutado y masticado un tipo de tabaco, pero jamás habían experimento con estos tubos, que al poco tiempo se convirtieron en un lujo de la realeza Española.

Durante los primeros veinticinco años del siglo XX, nuestra isla producía sobre 35 millones de toneladas de tabaco anualmente. La hoja criolla era considerada una de las más sabrosas y de mayor calidad en el mundo. Para mediados del siglo, Puerto Rico era uno de los cinco países con mayor producción y exportaba a un centenar de ciudades.

La tradición vive

A principios de los años 1930, Don Ramón Otero y su esposa, Doña Juanita Vicente, cultivaban la semilla del tabaco en las tierras del pueblo de Comerío y dieron comienzo a una tradición familiar que sigue intacta hasta el día de hoy. Asimismo y desde temprana edad, su hijo Don Ramón Otero Jr. ayudaba a su papa a cultivar y vender el tabaco a los acaparadores; el resto lo intercambiaba en la plaza del mercado por comestibles esenciales para el hogar.

Luego de mucho trabajo y esfuerzo, la familia tuvo su propio cultivo en el Barrio Ceiba, en Cidra -en la colindancia con Comerío- como el sustento primario de todos. Con la llegada de la era de la industrialización y altos costos de mano de obra, la economía comenzó a calar negativamente en la industria del tabaco y el país se encaminó hacia otras industrias, dando paso a su extinción en la isla.

Un cigarro a la vez

A pesar de mantener viva en sus corazones la herencia tabacalera, la familia Otero cambió el rumbo de su oficio por el de la construcción. Sin embargo, el nieto de Don Ramón, Ángel Otero Jr. -la cuarta generación de la familia- decidió revivir el negocio de sus bisabuelos y le dio vida a Papiros Cigars.

Se trata de una empresa familiar que elabora artesanalmente cigarros naturales y de alta calidad utilizando hojas de semillas cultivadas localmente. Desde que emprendió su sueño, Ángel se ha dado a la tarea de revivir el legado familiar -con la ayuda de su abuelo y padre-, aprendiendo a manejar a la perfección la hoja del tabaco y dominar el proceso de la elaboración del cigarro.

El tabaco puro -no contiene químicos ni aditivos- es ideal para complementar una taza de café mañanero, luego de una cena o para degustar con un trago de ron entre amigos. Esa mezcla de sabores, olores y reacciones particulares en la boca hacen que la experiencia culinaria sea vista desde otra perspectiva. Sin duda, saben mejor cuando tenemos algo que celebrar o simplemente para vivir momentos entre amigos y familiares.

Los cigarros de Papiros cargan consigo una tradición que transciende generaciones, épocas y acontecimientos que nos definen como nación. ¡Qué viva nuestra historia tabacalera!

***Nota: El autor es un joven aguadillano de 28 años, adicto al café y socio de PR Gourmet Products (distribuidores de productos gourmet hechos en Puerto Rico). Consíguelo en Facebook o en Twitter @paulegonzalez.