Me sabe a bizcochos borrachos Por Paul E. González Mangual el

Por generaciones, la cocina ha sido el corazón palpitante de muchas familias puertorriqueñas y el lugar idóneo para dejar un legado de amor a través de los alimentos. Hace unos veintitantos años atrás, un amante de los dulces, Don Efraín Martí, se pasaba día y noche recortando recetas de postres en los periódicos, almacenándolos en su diario y elaborándolas para deleitar a sus seres queridos. Dos veces en semana, trataba una nueva receta azucarada, inundando la cocina con olor a esas delicias.

Religiosamente, su nieta Obed García, lo ayudaba a dividir huevos, rayar limón y a medir el azúcar, asegurando así el primer turno para probar la receta del día. Ella jamás pensó que medir harina se fuera a convertir en el fuego de su pasión.

Años más tarde, su ahora esposo y socio, Agustín Rodríguez, emprendió su carrera como ‘pastry chef’ en la ciudad de Miami. Pero siguiendo su sueño de trabajar en la meca de la gastronomía y la vez de estar con su media naranja, se mudó a Nueva York y comenzó a trabajar como ‘pastry chef’ en los restaurantes de Mario Batali y Applewood. Con el tiempo, logró perfeccionar su técnica y desarrollar un estilo propio hasta ser reconocido por varias revistas gastronómicas de renombre por su mantecado de tocino y por sus postres con ingredientes no tradicionales.

Siete años más tarde, a Agustín se le presentó la oportunidad de trabajar como ‘pastry chef’ ejecutivo en la cuidad de Los Ángeles y ambos irrumpieron el viaje hacia el viejo oeste. Meses después, la economía de California sufrió un gran embate y les tocó el turno de reinventarse, y de esa necesidad nació su empresa: The Sugar Lab.

Amor por los dulces

The Sugar Lab se convirtió en un espacio único en donde ambos creaban dulces llenos de color, sabor y amor. En su laboratorio, Obed y Agustín confeccionaban todo tipo de repostería fina y la personalizaban de acuerdo al cliente y gusto particular. Su producto estrella eran los macarons, una galleta tradicional francesa hecha a base de harina de almendra, rellena de ganache de diversos sabores y forrados de color. Una vez probaron su concepto en California y seguros de que sus postres eran del agrado del público, decidieron volver a su madre patria y expandir la empresa que juntos habían creado.

Poco después de haberse establecido aquí, comenzaron a vender sus postres a restaurantes locales y sentar las bases de lo que sería la primera marca de macarons manufacturados localmente. Para 2011, contaban con cuatro empleados, más de 30 puntos de venta y sobre 10 sabores.

En busca del producto autóctono

Habiendo conquistado el mercado de los macarons, este dúo dinámico se dedicó a buscar su próxima gran aventura. Para su sorpresa, la pareja se enteró que el producto de mayor venta en nuestro aeropuerto internacional es un bizcocho a base de ron jamaiquino. Inmediatamente se preguntaron, ¿cómo es posible que en la capital del ron del mundo, un producto a base de ron no sea hecho con el nuestro? Así que sin pensarlo dos veces, comenzaron a experimentar con diferentes fórmulas, convencidos que lograrían confeccionar un bizcocho borracho con ron nativo y sabores tropicales que sería la envidia de todos. Entonces, le dieron vida al Sugar Lab Rum Cake.

Este bizcocho, de herencia española, se nutre de la historia y dedicación del ron puertorriqueño.

La historia del ron en la isla comienza en el segundo viaje de Cristóbal Colon, cuando la caña de azúcar llega al Caribe y comenzamos a explorar esta nueva industria. Ya que nuestros terrenos eran fértiles, lograron convertir a nuestra pequeña isla en uno de los más grandes exportadores de azúcar del mundo, lo que dio paso a experimentar con los procesos de refinación, fermentación y destilación. Tanto es así que para el siglo XIX, nace la industria del ron en Borikén con la primera producción de la destilería Serrallés en 1865 y continuó su crecimiento con la expansión de la destilería Bacardí hacia Puerto Rico en 1936.

Hoy por hoy, en la isla se elaboran un sin número de otros rones, como Caliche, Palo Viejo, Llave, Castillo, Barrilito, Trigo Añejo, Pito Rico, Pitorro, Club Caribe y Caray. Nuestra historia azucarera y el legado que han dejado estos titanes de la industria del ron afirma que Puerto Rico produce -sin duda alguna- el mejor ron del mundo. Es por eso que, también contamos con todos los recursos para poder desarrollar los mejores productos derivados de este preciado líquido fermentado, como los bizcochos borrachos.

Para estos jóvenes empresarios, el secreto detrás de sus bizcochos, no solo es usar el ron local sino que elaboran un ‘syrup homemade’ proveniente de una fórmula propietaria en la cual mezclan varios rones para lograr que el producto se mantenga mojadito. Una vez producen la mezcla, es combinada con gustillos tropicales como la guayaba, el coquito, la piña colada y el guineo, creando una fusión que grita sabor caribeño. Como dato curioso, luego de confeccionar la mezcla, esta es colocada dentro de unos pequeños jarrones de ocho onzas de cristal reciclado donde se hornean y salen listos para deleitar los paladares más exigentes.

Don Bacardí y Don Serrallés no vivieron personalmente para ver los inmensos frutos de su obra maestra, pero si de algo estamos seguros es que esta joven pareja logrará llevar -a través de sus extraordinarios postres- el nombre de Puerto Rico a todos los rincones del mundo y lo harán, un bizcocho a la vez.

***Nota: El autor es un joven aguadillano de 28 años, adicto al café y socio de PR Gourmet Products (distribuidores de productos gourmet hechos en Puerto Rico). Consíguelo enFacebook o en Twitter @paulegonzalez.