El reinado de la Piña Colada Por Rosa María González Lamas el

Como si fuera una de esas divas doradas del cine italiano que a lo largo de los años ha mantenido intacto su poder de seducción, la piña colada ha relucido como la Loren o la Lollobrigida en un reinado tan prolongado que casi le pisa los talones a los de la Reina Isabel de Inglaterra.

Se llevan poco tiempo entre sí. La monarca inglesa ascendía al trono en 1952 y nuestra bebida más internacional se subía al Olimpo de los cócteles tropicales en 1954, cuando el bartender Monchito Marrero activó un creativo sentido común y mezcló piña, coco y ron Don Q Oro para crear un trago refrescante que probablemente coronó con una de esas sombrillitas decorativas que era un trademark ineludible de los tragos tropicales en aquellos años de baby boomers, y que a un turista le evocaban el paraíso terrenal entre el cielo azul, olas, arenas y el reluciente sol.

A mí siempre me ha gustado más sin ron que con él. Creo que tiene que ver con el hecho de que era así que la tomábamos los niños de aquellos años, eso sí, con la sombrillita decorativa que se volvió gimmick coleccionable, constatando que hasta en eso, la piña colada fue universal por ser, junto con el fruit punch, uno de los pocos cócteles de adultos que los niños podíamos tomar casi en igualdad de condiciones.

Desde entonces he bebido y comido muchas piñas coladas, porque este trago tan nuestro ha cautivado también a grandes cocineros del mundo, que lo han intentado recrear en el plato de mil maneras. Hace casi una década Ferran Adrià ya proponía emplear técnicas culinarias en la coctelería y entre los tragos que reinterpretaba en clave vanguardista se hallaba precisamente la piña colada, que él rediseñaba en copa de Martini con técnicas de cocina, tornándola comestible a través de nuevas texturas que colocaban, en una versión, a la gelatina de ron en el fondo de la copa cubierta con helado de piña y coronada con espuma de coco, y en otra versión, con perlas sferificadas de ron, sobre las que colocaba un poco de leche de coco, algodón de azúcar y luego jugo de piña que permitía que pudiera beberse en otro formato. Años después la piña colada vivió una especie de boom en los menús de alta cocina, con más de un cocinero michelinesco intentando re-interpretarla en versión postre que, a pesar de la gran destreza técnica, nunca lograron moldear con una equilibrada fusión de sabores que creo sólo sabemos entender los de aquí.

Así, trascendiendo fronteras y generaciones, la piña colada ha sabido sobrellevar el paso del tiempo como esos mitos universales del celuloide quienes, con algún retoquito aquí y otro allá y sin abusar del bisturí, han sabido mantenerse regias a sus años, sin perder lo que las distingue como esencia.

Por eso era imposible decir no a la invitación que nos extendieron los amigos del Caribe Hilton y Destilería Serrallés para unirnos a la celebración del 60 cumpleaños de esta “miss” tan longeva como bien conservada, una fiesta que tiñó de aires retro sazonados con piña y coco el Oasis Bar del hotel, a la mejor usanza de la época de la operación Manos a la Obra con que por el 1954 florecía Puerto Rico y se daba paso a la construcción de esa hospedería.

A los acordes de la orquesta de César Concepción, con todo y Nicolás Nogueras, nos trasladamos a aquellos años dorados mientras nos refrescamos del extenuante calor tropical con una adictiva piña colada, con todo y sombrillita decorativa.

Para complementar el menú líquido, en el que no faltaron otros cócteles con Don Q, el chef Mario Ferro concibió una original selección de propuestas sólidas, elaboradas todas con tonos de piña colada y que del salado al dulce pasó por brochetas de pollo en salsa BBQ de piña colada, arepas de coco, ceviche con piña colada, fricasé de pollo con piña colada, arroz con piña, bizcocho de piña colada, piña colada brûlée, ensalada de chayote, calabaza, queso, coco y aderezo de piña y, mis favoritos, unos sliders de cerdo marinado en piña colada y acompañado de un ali-oli de piña colada, y unos barquillos de sorbete de piña colada hecho con nitrógeno líquido. Un concepto que me pareció divino.

Dicen que la piña colada   —delcarada Bebida Nacional de Puerto Rico en 1978—-   es uno de los diez cócteles más vendidos del mundo y que desde su creación se han servido más de 200 millones de piñas coladas alrededor del globo. Y yo me pregunto, ¿qué hemos hecho en seis décadas para proteger su origen y sacar más partido de su puertorriqueñidad?

Ante la proliferación de la sangría como una de las categorías de bebidas de mayor crecimiento en mercados como el de Estados Unidos, la Unión Europea declaró a inicios de este 2014 que sólo podían designarse “sangría”, las bebidas de este tipo elaboradas en España y Portugal. ¿Por qué no hacemos algo por autenticar y proteger el origen puertorriqueño de la piña colada? ¿Por qué a pesar de ser conocida en todo el mundo, no hemos sacado mayor partido de la piña colada en las campañas de promoción turística del país?

La piña no está agria. Piña Colada reigns. Happy Birthday Queen Piña Colada. Faltan más celebraciones de fiesta por la bebida, y en 2015, las del 150 aniversario de Destilería Serrallés.

*La autora probó su primera gota de vino con pocos días de nacida. Probablemente así Rosa María González se interesó en él. Desde San Juan, escribe del planeta sabor en www.viajesyvinos.comwww.foodsfromspain.com y Magacín.