Uvas en casa Por Rosa María González Lamas el

A inicios de la década del 1970, un pariente español de mi vecina decidió que un buen elemento decorativo para el patio de mi casa era un parral. Así nos obsequió con una cepa que creció a velocidad acelerada enroscándose por los trozos de madera hasta envolverlos y mostrar racimos de uva.

Recuerdo perfectamente que eran de baya pequeña, de intenso tono azul-violáceo y algo ácidas; algo que entonces me resultaba extraño, acostumbrada como estaba al dulzor de las uvas de Nochevieja y en desconocimiento total de cómo o con qué se hacía vino.

Con el paso del tiempo y sabiendo algo más de bayas y racimos, estoy convencida de que aquellas uvas eran vitis vinífera y por la forma de la baya sospecho que debían ser tempranillo, pues en esa época me parece que el Marqués de Griñón aún no había impulsado las cabernet sauvignon en España y sería demasiada maravilla que el chico nos las hubiera traído de Vega Sicilia o Marqués de Riscal, que sí tenían esta cepa bordelesa en sus viñedos.

Creo que esas cepas de vid que los pájaros terminaron por aniquilar en nuestro parral no habrían sobrevivido demasiado con el poco conocimiento que entonces teníamos en casa sobre uvas y su cultivo. Hoy, no obstante, se sabe mucho más sobre cultivo de uvas en climas tropicales, lo que ha permitido que muchas uvas prosperen en nuestras latitudes a pesar de que las que trajo Colón a las Antillas en el siglo XVI por aquel entonces no se aclimataron a nuestras Islas.

Una razón importante para ese éxito es lo que se conoce sobre los diversos tipos de vid.

La vitis vinifera es una especie de vid que se extiende desde la región mediterránea hasta Irán. Su fruta es una baya que se conoce como uva y se emplea para la producción de vino. Casi todas las variedades más conocidas de vid pertenecen a esta especie, cultivada en todas partes del mundo a excepción de la Antártida.

Además de la vinifera hay otras, como la vitis labrusca o la vitis bourquina, más resistentes a ciertas condiciones climáticas. La vitis labrusca es una especie de vid en forma de arbusto trepador (salvaje), originaria de América del Norte, especialmente la costa este de los Estados Unidos y sus raíces, resistentes a la filoxera, fueron las que se usaron como pie en los portainjertos con que se trató de erradicar la plaga de este insecto en Europa.

Cuando la vitis vinífera y otras especies de vid se mezclan, se crean variedades híbridas, cuyo principal trazo es su resistencia a las enfermedades y temperaturas diversas.

Al igual que sucede con algunas variedades de aceituna, unas especies sólo sirven para hacer vino o aceite, otras para comer, y otras pueden usarse tanto como uva o aceituna de mesa como para elaborar vino o aceite de oliva. Muchas de éstas variedades duales se emplean en la elaboración de vinos de nuevas latitudes.

Aunque en Puerto Rico se han cultivado uvas, muchas de forma experimental, desde hace décadas, en el último año ha cobrado fuerza el interés por plantar uvas en casa. Puede que la razón para ello sea que este cultivo artesanal se inserte en el entusiasmo que generan los huertos caseros y la agricultura urbana, y que tenga un fin comestible, diverso al más bien decorativo que tuvo la parra de mi casa.

Para otros, como el arquitecto argentino Walter Gómez, las uvas son un instrumento para crear un vínculo con su país, un cultivo que surgió como forma de crear un rincón argentino en su casa, al igual que en la mía se intentó replicar uno español. Así plantó uva de mesa de cepas de California y de la famosa Concord, una variedad de vitis labrusca que puede emplearse tanto como uva de mesa, como para elaborar mostos y vino. Me cuenta Gómez que sus uvas tardaron unos tres años en prosperar luego de plantadas dos cepas que le trajeron, pero que hoy son disfrute para la familia e ilustran a todos los que están leyendo esta crónica.

Aunque para el mantenimiento de su parra se ha instruido a través de Internet, en Puerto Rico ocasionalmente se ofrecen cursos para aprender a potenciar el cultivo de uva. Hay un proyecto denominado “Techo Verde”, que persigue capacitar a agricultores y aficionados a cultivar uvas de mesa. Como el nombre sugiere, los promotores, la familia Vale, han convertido el techo de su casa en un pequeño viñedo en la Zona Oeste, región por donde también venden cepas de vid en mercados agrícolas.

Si se animan, igual en un par de año puedan celebrar con uvas caseras la llegada de un Año Nuevo.

*La autora probó su primera gota de vino con pocos días de nacida. Probablemente así Rosa María González se interesó en él. Desde San Juan, escribe del planeta sabor en www.viajesyvinos.comwww.foodsfromspain.com y Magacín.