Cava y barra del Cheesecake Por Rosa María González Lamas el

En tanto los tribunales deciden si The Cheesecake Factory en Plaza Las Américas se construyó o no en violación de ley, una verdadera avalancha de aventureros tuvimos la suerte de tener un sneak preview de lo que podría hallarse en uno de los estrenos gastronómicos más aguardados de 2013.

El restaurante es enorme. Sienta casi 400 personas. Las porciones, obscenamente grandes. Como le gustan al puertorriqueño promedio que tiene que ver volumen en el plato aunque termine dejando la mitad y llevándosela en doggy bag. Pues aquí los hay, y muy cozy además. Aunque yo no termine de entender esas dimensiones dinosáuricas cuando las tendencias de gastronomía se inclinen a porciones cada vez más reducidas y a las tapas.

Otro molde que rompe The Cheescake Factory es la extensión de su menú. 250 platos que complican la elección del comensal y también van contracorriente a la tendencia a simplificar y reducir las opciones de una carta   -los costos en inventario del restaurante también-, pero resulta que por 35 años es la fórmula que le ha funcionado al establecimiento y esperamos que también resulte aquí.

Pero el propósito de este post no es hablar del amplísimo menú donde, además de 30 diversos cheesecakes, abundan los sabores tex-mex, las notas asiáticas, los fritos y los picantes, sino comentar sobre lo que podemos beber con todo eso.

Si amplia es la lista de platos, también lo es el menú líquido en su conjunto, donde aparece una interesante selección de cócteles con martinis, mojitos y margaritas muy tentadores, un abanico de cervezas, muchas artesanales y tradicionales, locales e internacionales, todas de botella.

Dentro de este abanico líquido, me pareció muy bien conceptualizada la oferta de vinos, que lejos de ser prolífica, como el menú sólido, es concisa, simple y representativa de una diversidad de variedades de uva y regiones productoras.

Cepas muy populares como la albariño, la merlot, la shiraz o la malbec, entre otras, y varias menos exploradas como la moscatel. Orígenes como Argentina o España y otros menos difundidos como Washington State. En total, unas 25 referencias entre espumosos, blancos y tintos, atinadamente escogidos y muy versátiles para armonizar esa pantagruélica selección de platos.

No espere vinos pretenciosos, sino más bien etiquetas neutrales, que se adaptan bien a una amplia gama de sabores a través de 250 recetas con sabores del mundo. ¿Su perfil? Vinos afrutados, con madera bastante bien integrada en aquellos que tienen crianza, fáciles de beber, para nada robustos u opulentos, sino más bien amables, pero con cierta estructura, marcas reconocidas y con las que el consumidor puede identificarse fácilmente por ser vinos que siempre responden bien.

Me explicó Heather Berry, Directora de Bebidas para la cadena, que esta carta líquida sí cuenta con elementos especialmente concebidos para el mercado de Puerto Rico, contrario a las más estandarizadas de Estados Unidos. Ella visitó la Isla para conocer la oferta local y catar mucho hasta construir la carta de vinos y cócteles.

Yo, por ejemplo, tomé un Riesling de Chateau St. Michelle, de Washington State, que corroboró la versatilidad de esta uva blanca, una de mis favoritas, para una amplia gama de platillos.

La carta de vinos ofrece bastantes opciones por copa. Lo que le dije a Heather no me agradó  fueron los precios de algunas botellas, con mark-ups de hasta casi cuatro veces lo que cuestan en grandes superficies. Es algo de lo que pecan otros restaurantes locales, cobrar cifras exageradas por vinos que todos podemos comprar a buenísimos precios en tienda. This is a no, no, no!

Algo interesante es que en el menú hay platos elaborados con vino, como pollos en salsa de Madeira o de Marsala, que en Estados Unidos se hallan entre los más populares de la selección.

Curiosamente, a pesar del también extenso y pecaminoso elenco de cheesecakes, no hay vinos dulces en la oferta. Realmente no es necesario. Los postres de dimensiones inéditas son tan lujuriosos que se bastan por sí solos. Disfrútenlos en todo caso, con algún blanco con algo de untuosidad, como mi Riesling o un Chardonnay de Kendall-Jackson, o algún tinto con algo de estructura, como el riojano Marqués de Cáceres, porque son estilos que van bien con el queso.

Me despedí de The Cheesecake Factory añorando el día en que además de 250 platillos de menú, tengamos un local donde podamos disfrutar de 250 vinos por copa.

*La autora probó su primera gota de vino con pocos días de nacida. Probablemente así Rosa María González se interesó en él. Desde San Juan, escribe del planeta sabor en www.viajesyvinos.comwww.foodsfromspain.com y Magacín.