Habemus Papam Por Rosa María González Lamas el

Estaba inmersa en una copa de un magnífico tinto castellano en Compostela cuando humeó la fumata blanca. No me refiero al local de San Juan, sino a the real thing, esa joya de ciudad patrimonial de Galicia y España, y a pasos de su incomparable Catedral, cuyas campanas comenzaron insistentemente a repicar anunciando que habiamus papam.

Esperando saber quién sería, los amigos nos extasiamos en nuestra magnífica copa de San Román, obra del pontífice del vino español, Mariano García, fantaseando en la posibilidad que el nuevo Papa escogiera el nombre de Román como nombre para su pontificado y haciendo imaginario acopio de todos los vinos que podrían formar parte de una cata “Habemus Papam”.

San Román es uno de los grandes vinos tintos de Toro, zona castellana donde se dice la curia compostelana llegó a tener viña y de donde era oriundo Alonso Manso, primer obispo de Puerto Rico, quien en la época colonial trajo uva tinta de Toro a la Isla para hacer vino en el Caribe, donde no se adaptó.

El mundo del vino y la Iglesia están indisolublemente vinculados desde hace centurias. A los monjes debemos el haber esparcido la cultura de la vid y el vino por toda Europa, introducción de uvas, técnicas para mejorar la elaboración y plantaciones de vid en muchas zonas señeras de vino. Las historias de algunas grandes tradiciones productoras del mundo escribieron sus primeras letras con nombre religioso, siendo uno de los más conocidos probablemente Dom Pérignon, monje clave en Champagne.

Fueron los religiosos los responsables de hacer florecer la cultura del vino en el Nuevo Mundo y de poner la semilla de una industria posterior, iniciada al importar cepas para propósitos litúrgicos. No olvidemos que la Biblia está repleta de referencias a vino y uvas, y que el primer milagro de Jesús fue transformar agua en vino en las bodas de Caná.

El cardenal del vino Álvaro Palacios, impulsor de la DOCa Priorato con su afamado L’Ermita, afirma con convicción que los grandes vinos son de origen monástico y que cuando confluyen microclima, buena vid y un monasterio, como sucede a lo largo del Camino de Santiago, se asienta un gran vino.

El vino es un hilo conductor de esa Ruta Jacobea, pero también de otras regiones del mundo, designadas por su vinculación a monjes y temas sagrados. Para muestra ese Priorat catalán, la Ribeira Sacra gallega o una zona mucho más célebre, Châteauneuf-du-Pape en el Ródano Francés, vinculada los papas de Avignon.

Con pan y vino peregrinamos mejor por ese Camino de reflexión, y les aseguro que uno de los lugares más inspiradores para catar son las capillas, donde en más de una ocasión he participado en degustaciones sublimes bajo la mirada atenta de imágenes policromadas de la Virgen, de Cristo y sus apóstoles.

Hay bodegas de origen monástico, como Schloss Johannisberg en el Rheingau alemán o la Abadía Retuerta en Ribera del Duero. Con nombre de santo, muchas zonas productoras, como la argentina San Juan, la borgoñona Nuits-Saint-Georges, la californiana Santa Barbara, y las bordelesas Saint Julien, Saint Estèphe y la más famosa, Saint Émilion.

Vinos con nombre santificado, muchísimos, y además de aquel magnífico San Román, en la lista que, mientras esperábamos al Santo Padre, confeccionamos para aquella imaginaria cata “Habemus Papam”, incluimos algunos como Predicador, Oremus, L’Ermita, Scala Dei, Gran Colegiata, San Clodio, Abadía San Campío, Pazo San Mauro, Calvario, Hacienda Monasterio,  Abadía da Cova, Salmos, Gran Claustro, El Pecado, La Penitencia, Mar de Frades, Ecce Homo, Agnus Dei, Agricola San Felice, los jerezanos de Cardenal Mendoza y ¡cómo no! el mítico francés Pétrus.

Y entre copas conocimos que el Santo Padre, sucesor de Pedro, se llamaría Francisco y que más que a merlot o a tempranillo, nos sabría a malbec. Así que para él, un Convento San Francisco de la Ribera del Duero, un Franciscan Estate californiano, o un Patrón Santiago argentino, que para algo Mendoza y Compostela, comparten Santo Patrón.

No sé si, en efecto, como dicen muchos compatriotas del nuevo Papa, Dios pudiera ser argentino. No tengo duda de que los grandes vinos son los que saben discurrir por la fina línea entre lo divino y lo humano.

*La autora probó su primera gota de vino con pocos días de nacida. Probablemente así Rosa María González se interesó en él. Desde San Juan, escribe del planeta sabor en www.viajesyvinos.comwww.foodsfromspain.com y Magacín.