Puntos Parker Por Rosa María González Lamas el

Nunca he comprado un vino por sus puntuaciones y me desconcierta la obsesión que tantas bodegas, representantes y consumidores muestran por ellas como ciegos referentes de calidad. ¿Para qué sirven los cursos de vino si no es para forjarse un paladar crítico y una propia opinión?

El año pasado conocí a Jay Miller, entonces colaborador del Wine Advocate de Parker, y le pregunté cosas que no me supo responder. ¿Por qué un mismo vino puede recibir puntuaciones diametralmente diversas en Estados Unidos y Europa? ¿Tiene esto que ver con el hecho de que cada mercado tiene un paladar distinto? ¿Cómo se valora la historia y la gente en un vino para diferenciarlo de un refresco? Lo que sí me respondió cuándo le pregunté si había probado vinos del Bierzo fue que su primera cata había sido de cerveza. ¿Cómo era posible entonces que el mercado se guiara por alguien que no sabía distinguir entre Bierzo y beer?

Los evaluadores de vino comenzaron a proliferar a la par que creció el sector vino y los consumidores se enfrentaron a una oferta enorme, imposible probar individualmente. Muchos, como Parker, estimularon el interés por el vino, pero se volvieron detrimentales cuando a sus puntuaciones se les asignó categoría de sentencia judicial y se les mantuvo así a pesar de que el universo de consumidores estaba mejor capacitado para juzgar por sí mismo.

Hoy día, aunque afortunadamente hay muchas más referencias en el mundo del vino, todavía no se ha superado esa condición obsesivo compulsiva de nombrar a un vino por sus puntos más que por lo que verdaderamente nos cuenta su botella.

Catar mucho y diverso, de todas las uvas posibles, de todos los precios posibles, de todas las procedencias posibles y, sobre todo, de todas las puntuaciones posibles, es una herramienta ineludible para desarrollar el paladar, comparando etiquetas, eliminando monopolios de gusto, y siendo capaces de juzgar con conocimiento y sin prejuicios un vino para forjarse una propia opinión. Compare diversos vinos de una zona, de una misma uva, de una misma añada para que descifre cuál le produce más placer y por qué.

Si no puede prescindir de referentes, guíese por gente con un paladar afín al suyo o un amplio marco de referencias, independientemente de que ostente o no títulos para avalarlo. Fíese de las recomendaciones del boca a boca.

Pero, sobre todo, guíese por la emoción. Vinos imperfectos que emocionan pueden valorarse mejor que vinos con fama o muy técnicos que no llegan al corazón. Yo he catado vinos de muchos puntos y muchos pesos que no me provocaron el más mínimo sentimiento. Emocionar, ése es un umbral de puntuación. Evalúe usted mismo cómo disfruta, qué nuevas sensaciones y sorpresas descubre, a dónde le transporta el vino. No se quede en la copa, busque la magia detrás.

¿Sabe? Es fascinante ser aprendiz sobre vinos. Viva a rajatabla las puntuaciones sólo cuando crea no disponer del conocimiento mínimo para labrarse su propia opinión.

*La autora probó su primera gota de vino con pocos días de nacida. Probablemente así Rosa María González se interesó en él. Desde San Juan, escribe del planeta sabor en www.viajesyvinos.comwww.foodsfromspain.com y Magacín.