Un bocado de José Andrés Por Rosa María González Lamas el

Mi primer encuentro con José Andrés no me dejó buen sabor de boca. ¡Qué antipático parece un chef con estrés!

Coincidimos después en circunstancias diversas y no pude evitar decirle lo mal que me había caído en nuestro debut de encuentros. Lo tomó con sonrisas, y tras un contacto cercano y estrecho de varios días conocí otro rostro de este embajador español, quedándome prendada de él.

Desde entonces nuestras rutas se han cruzado repetidamente y en cada convergencia me ha transfundido la pasión que siente por lo que hace, lo exigente que es con su entorno, su visión empresarial de la gastronomía, su vocación solidaria, su deseo de aprender, pero, sobre todo, su compromiso con España y su afecto y agradecimiento por Puerto Rico.

Antes de llegar a Estados Unidos, donde revolucionó la cocina con sus tapas españolas, José Andrés trabajó unos meses en la Isla. Un viaje que replica décadas después convertido en celebridad que establece Mi Casa, su restaurante de fusión española-puertorriqueña en The Ritz-Carlton Reserve Dorado, apertura muy positiva para Puerto Rico.

Gran cocinero y excepcional comunicador, el multi premiado José Andrés es probablemente el cocinero de mayor repercusión mediática en estos momentos en América. Personaje influyente de TIME, son pocas las semanas en que medios estadounidenses no reseñan sus andanzas, sus restaurantes, sus inventos, su compromiso solidario, su proyectos educativos, sus premios, sus gustos o el respeto que le tienen las altas esferas washingtonianas donde es favorito de los Bush, los Clinton y los Obama. Alguien cuyo alto perfil favorecerá la exposición turística de Puerto Rico.

Su llegada a la Isla será también aliciente para inspirar a nuevas generaciones de cocineros como chef creativo y empresario gastronómico. Buen referente para aprender que el éxito y la fama pueden nacer de un fracaso y no llegan de la noche a la mañana, y que la receta más complicada no está detrás del fogón sino en la visión de empresa. Con él se abre también una puerta de oportunidades de crecimiento para quienes sepan desempeñarse con ilusión, humildad y esfuerzo en su emporio gastronómico.

Hace un tiempo, cenando con un amigo en común, me percaté de poder presumir de vivencias gastronómicas únicas. Una en lo alto de Manhattan, con Jose sentado a mi lado con un trozo de carne confiscado a otro colega. A falta de cuchillo, lo rebanó con un mordisco y me hizo abrir la boca para depositarme en ella mi mitad. Lujo de bocado, retrato de su sencillez y generosidad.

Compartimos vinos que sé le fascinan, pero hoy me quedó con aquel rico Fumé Blanc que tomamos en Robert Mondavi, cuando “enderezamos” nuestro devenir de simpatías en Napa Valley. También con la que él considera su asignatura pendiente en los Estados Unidos, la de la Sidra de Asturias, que espero aplique al mercado puertorriqueño porque, aparte de yo adorarla, armoniza maravillosamente con muchos de nuestros bocados criollos. Ni hablar de con aquel neoyorkino, con cuyo recuerdo, me sigo sintiendo en las alturas.

*La autora probó su primera gota de vino con pocos días de nacida. Probablemente así Rosa María González se interesó en él. Desde San Juan, escribe del planeta sabor en www.viajesyvinos.comwww.foodsfromspain.com y Magacín.